21 Días para Habitar con el Padre — Día 16
Bienvenido/a al día 16, felicidades por llegar hasta aquí. No sé cómo estás hoy: quizás con gozo, quizás con preocupaciones, o tal vez con cansancio. Pero quiero recordarte que este es tu lugar seguro para detenerte un momento y respirar profundamente… y mientras exhalas, piensa en esta hermosa verdad: el amor y la fidelidad de Dios son lo más firme que tienes en la vida.
¿Qué te parece si oramos para comenzar este tiempo?
Dios, gracias porque si hay algo en lo que podemos confiar cada día de nuestra vida es en tu fidelidad. Por eso hoy entrego este tiempo en tus manos. Mi oración es que la persona que está leyendo esto pueda cada día de su vida experimentar y tener la certeza de tu amor y fidelidad. Déjale hoy experimentar el estar refugiado bajo la sombra de tus alas. Amén.
Recuerdo cuando me casé con mi esposa. Recuerdo mi parte favorita de la ceremonia, cuando nos dijimos los votos, el pacto que hicimos como pareja. El voto solemne de amarla, respetarla, honrarla y serle fiel hasta que la muerte nos separe. Estoy seguro de que la gran mayoría de parejas que se casan hacen una promesa parecida, palabras más, palabras menos. Es el momento más sagrado de la ceremonia: prometer fidelidad para toda la vida.
Pero hay una realidad dura que no podemos ignorar: estadísticamente, cerca del 50% de los matrimonios rompen ese pacto mucho antes de que la muerte llegue. Promesas rotas, votos quebrantados, corazones heridos. Vivimos en un mundo donde la fidelidad se ha debilitado, ha perdido su valor.
Pero escucha bien: aunque nuestra fidelidad humana se tambalee, hay una fidelidad mucho más grande que nunca cambia. Y esa es la fidelidad de Dios.
El salmo 89 lo expresa de una forma poderosa:
“Oh Señor, por siempre cantaré la grandeza de tu amor; por todas las generaciones mi boca proclamará tu fidelidad. Tu amor permanece para siempre; tu fidelidad es tan perdurable como los cielos.”
— Salmo 89:1-2
De hecho, todo el salmo 89 es una adoración a ese atributo glorioso de Dios: su fidelidad que no cambia. “¿Quién en los cielos es comparable al Señor? ¿Quién como él entre los seres celestiales?” (v.6).
Y aquí está la buena noticia para ti y para mí hoy: Dios permanece fiel aun cuando nosotros fallamos. Tú y yo sabemos lo fácil que es quebrar promesas. Hacemos votos en momentos de pasión, pero luego vienen las pruebas y nuestra fidelidad se tambalea. Igual que Pedro, que prometió estar dispuesto a morir por Jesús, pero horas después lo negó tres veces.
Sin embargo, Dios no es como nosotros. La Biblia dice que Él no es hombre para que cambie de parecer. Su fidelidad no depende de tus altibajos, porque la fidelidad es parte de su misma esencia. Dios no puede negarse a sí mismo.
Por eso Él es la roca segura en la que puedes descansar. Él ha prometido perdonarte, salvarte, amarte y darte libertad. Y eso es exactamente lo que hará. Nada lo hará cambiar de opinión.
Déjame decirte algo con toda claridad: no hay nada que tú puedas hacer para que Dios deje de amarte. ¿Escuchaste eso? Nada. No existe pecado tan grande que lo haga romper su pacto contigo. Fue precisamente para eso que envió a su propio Hijo a morir en la cruz: para que su fidelidad quedara sellada para siempre.
El apóstol Pablo lo proclamó con una convicción inquebrantable: “Estoy convencido de que nada podrá jamás separarnos del amor de Dios. Ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús nuestro Señor.” (Romanos 8:38-39).
Nada, absolutamente nada puede romper el pacto de amor que Dios hizo contigo.
Así que hoy quiero invitarte a hacer un alto y recordar cómo Dios ha sido fiel en tu vida. Haz memoria: ¿en qué momentos pensaste que no había salida y Dios abrió un camino? ¿En qué batallas sentiste que estabas solo y su gracia te sostuvo?
Toma un tiempo ahora y dale gracias por cada vez que Él ha permanecido a tu lado, incluso cuando tú no fuiste del todo fiel. Y más que agradecer, responde a su fidelidad. Permite que sus promesas sean el fundamento que estabiliza esas áreas de tu vida que hoy parecen inseguras. Confía en que su fidelidad va más allá de lo que tus ojos pueden ver.
Señor fiel, gracias porque nunca me has dejado ni me dejarás. Gracias porque tu amor no depende de mí o de lo que yo haga, sino de tu carácter que no cambia. Hoy quiero responder a tu fidelidad con la mía. Ayúdame a amarte, servirte y confiar en ti cada día. Que mi corazón descanse hoy en tus promesas. Amén.
Cuando salgas hoy, recuerda esto: “Soy amado por un Dios que nunca rompe su pacto.” Lleva esta verdad durante todo el día: aun cuando todo cambia, Dios permanece fiel.
Nos vemos el próximo lunes.