21 Días para Habitar con el Padre — Día 4


Bienvenido al Día 4, qué alegría que estés aquí. Si estás aquí me imagino que es porque en los días anteriores has tenido un encuentro con nuestro Dios en oración, y quieres más. Mi oración por tu vida es que al terminar este viaje de 21 días juntos, hayas podido experimentar la presencia y amor de Dios de una manera profunda.

Con eso en mente hoy, una vez más, quiero invitarte a que tomes este momento sin prisa ni distracciones. Deja que la presencia de Dios sea ese refugio seguro en medio del fuego. Respira profundo… y mientras exhalas, imagina que sueltas lo que te pesa: el miedo, la culpa, la fatiga, el dolor. Ahora imagina que corres directo a los brazos de Aquel que te cubre con sus alas, incluso en medio del peligro, y experimenta la paz de estar en sus brazos.

Déjame comenzar con esta pregunta: ¿Alguna vez has sentido que estás escondido en una cueva? No una literal, sino una emocional… un lugar oscuro, frío, donde sientes que nadie te ve. Donde el peligro te rodea, el miedo te abraza y lo único que puedes hacer… es clamar.

Si alguna vez has estado ahí, estás en buena compañía, David también estuvo en ese lugar. De hecho, mira lo que escribió:

“Ten piedad de mí, oh Dios; ten piedad de mí, pues en ti me refugio. A la sombra de tus alas me refugiaré, hasta que haya pasado el peligro.”

— Salmo 57:1

David escribió esto huyendo de Saúl, escondido en una cueva. Estaba literalmente en peligro de muerte. Pero lo que me impacta es la manera en que ora. No está exigiendo, no está acusando, no se está quejando con Dios. No, solo está pidiendo misericordia. Desde su vulnerabilidad, desde su dolor, hace una oración que nace del corazón: “Dios… sé que no lo merezco. Pero por tu amor, ten piedad de mí.”

¿Te has sentido así?

Cuando leo esta oración no puedo evitar pensar en el ciego de Lucas 18. Este ciego estaba a la orilla del camino, mendigando, ignorado por todos… hasta que escuchó que Jesús se acercaba. Y entonces gritó con todas sus fuerzas: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”

La multitud lo reprendía. Le decían que se callara, pero él no se detuvo; de hecho clamó más fuerte. Me encanta esa imagen, porque muchas veces sucede lo mismo con nosotros: la vida, la sociedad o incluso nuestra mente nos dicen lo mismo: “Cállate, no sigas orando, no vale la pena, Dios no te escucha.”

Sin embargo, hoy quiero animarte a tomar como ejemplo a este ciego, y a hacer lo mismo que él hizo: clamar más fuerte. Hoy quiero pedirte algo con todo el corazón:

No dejes de clamar.

No dejes que el silencio, el miedo, la culpa o el cansancio apaguen tu voz. Sea cual sea la carga que llevas —pecado, enfermedad, dolor o dudas— sigue clamando. Porque tu milagro, tu respuesta, tu descanso… está a la misma distancia que la distancia de tus rodillas al suelo.

¿Qué tal si tomas ahora un tiempo para llevar lo que sea que haya en tu corazón a Dios? ¿Qué tal si tomas un momento para decirle: “Dios, ten misericordia de mí”?

La siguiente parte de la oración de David también me conmueve: “A la sombra de tus alas me refugiaré, hasta que haya pasado el peligro.”

Me hace pensar en una historia que escuché hace tiempo. Después de un incendio forestal, un guardabosques encontró en la base de un árbol a un ave completamente calcinada. La posición era extraña: como si estuviera cubriendo algo. Y al moverla con una vara, de debajo de sus alas salieron corriendo varios polluelos, vivos.

Ella dio su vida para protegerlos. Y cada vez que leo este Salmo, pienso en esa escena… y en Jesús. Porque eso fue exactamente lo que Él hizo por ti y por mí. Jesús extendió sus brazos, como alas, y soportó el fuego, el dolor, la cruz… para que tú y yo tuviéramos vida.

Este es el tipo de amor que te cubre. Este es el lugar seguro donde puedes correr. Este es el refugio eterno del que habla David.

¿Qué tal si hacemos esta oración juntos?

Padre, hoy me acerco como David… no con exigencias, sino con un corazón quebrado. Ten misericordia de mí, escúchame, cúbreme con tus alas. Jesús, gracias por dar tu vida para que yo pudiera vivir, hoy corro hacia ti. Eres mi refugio… hasta que pase el peligro. Amén.

Para terminar este tiempo, quiero animarte a que cierres tus ojos e imagines el lugar más seguro que puedas imaginar. Ahora imagínate que Dios es ese lugar y que está disponible para ti en todo momento. Mientras lo haces repite esta oración: “Señor, en ti encuentro refugio.”

Nos vemos el próximo lunes.

Eleazar D.