21 Días para Habitar con el Padre — Día 3
Hola mi amigo, mi amiga, bienvenidos al tercer día de nuestro viaje juntos. Me emociona continuar caminando contigo y saber que Dios está obrando.
Por eso de nuevo quisiera pedirte que tomes este momento sin prisa ni distracciones. Este es tu espacio para buscar al Padre con honestidad. Respira profundo… y mientras exhalas, imagina que sueltas el miedo, la ansiedad y las cargas que llevas dentro. Imagina que corres, como un niño/a asustado, directo a los brazos del Padre y permite que la emoción de estar en sus brazos llene tu ser.
¿Alguna vez has perdido algo que realmente amas? Algo que, al darte cuenta de que ya no está, te generó una angustia profunda. Tal vez era una pertenencia valiosa. O quizá algo mucho más importante: una amistad, una relación, la paz, la salud, la esperanza.
Cuando algo así se pierde, es como que la mente se acelera, el corazón se angustia, y sentimos una necesidad desesperada por recuperarlo. Sabes, así se siente perder la conexión con el Padre. Así se siente cuando nuestro corazón, por distracción o dolor, deja de percibir la cercanía de Dios.
David entendía esa sensación. Por eso escribió:
“Busqué al Señor y él me respondió; me libró de todos mis temores… Este pobre clamó, el Señor lo oyó y lo libró de todas sus angustias.”
— Salmo 34:4,6
Puedes percibir que David no está recitando una fórmula religiosa, sino que verdaderamente está clamando desde lo profundo de su alma. Él está diciendo: “Perdí algo. Perdí la paz, perdí la seguridad. Pero entonces lo busqué a Él… y Él me encontró.”
Es como lo que me pasó hace unos días: fui a recoger a mi hija a la escuela. Mientras caminábamos de regreso a casa, me pidió que jugáramos a las escondidas, y yo acepté jugar con ella. Ella se escondió primero, aunque yo la encontré rápidamente. Luego fue mi turno y me escondí tan bien que pasaron varios minutos y no lograba encontrarme.
Al principio se reía, pero luego comenzó a preocuparse y finalmente, escuché un grito: “¡Papá!” con voz medio quebrada. Ya no estaba jugando, estaba asustada. Salí de inmediato y la abracé. Ella se lanzó a mis brazos y, llorando, me dijo: “me asusté mucho papá”. En ese momento, entendí algo: así se siente nuestro espíritu cuando pierde de vista a Dios. Es como que en nuestro corazón entra un tipo de angustia que ninguna distracción, éxito o placer puede calmar. Solo sus brazos pueden restaurarnos.
La realidad es que vivimos en un mundo donde buscamos constantemente llenar ese vacío con otras cosas. Intentamos encontrar plenitud en muchas cosas: dinero, reconocimiento, relaciones, placeres, incluso actividades religiosas… Pero la realidad es que nada llena ese espacio que fue diseñado únicamente para Dios. Y mientras más tiempo estamos lejos de Él, más aumentan nuestros temores. Porque la paz verdadera no está en el control ni en las respuestas, sino en su presencia.
Por eso la oración de David es tan poderosa: él no solo buscó, ¡clamó! Y eso lo cambia todo.
“Busqué al Señor… este pobre clamó…” Esta, mi querido amigo/a, no es una búsqueda superficial. Es una búsqueda de alguien que ya probó todo y entendió que solo Dios puede dar descanso. Es la oración del hijo que ya no finge que puede solo, y que se atreve a decir: “Papá… ¿dónde estás? Te necesito.”
Hoy quiero invitarte a que hagas lo mismo. Respira profundamente, tómate un tiempo para reconocer lo que hay en tu corazón, imagina por un momento que estás en medio del ruido, la prisa y el cansancio… y que desde tu corazón sale un clamor: “Padre, escúchame.”
¿Sabes qué pasa cuando haces eso? Él responde, Él corre hacia ti, Él no se queda lejos. Porque Él ha estado esperando exactamente ese momento. Toma ahora un tiempo para reflexionar en esto.
Para terminar este día, qué te parece si hacemos esta oración juntos:
Padre, he buscado en muchos lugares… pero hoy te busco a ti. No quiero esconderme más, no quiero llenar este vacío con lo que no sacia. Escúchame Dios, escucha mi clamor y ven pronto. Gracias porque sé que tú no te escondes, que tú no me rechazas, que tú me abrazas, porque me amas. Amén.
La paz no está en saber todo, sino en buscarlo a Él. Por eso hoy te invito a buscarlo como nunca antes. Él ya ha salido a tu encuentro.
Nos vemos el próximo lunes para continuar este viaje al corazón del Padre.