21 Días para Habitar con el Padre — Día 2


Bienvenido al segundo día de nuestro viaje en la presencia de Dios, me alegra que estés aquí hoy.

Estamos avanzando, paso a paso, hacia el corazón del Padre. Y hay algo que espero que recuerdes hoy: Dios te escucha, Él se inclina para escucharte. Incluso cuando hay ruido, incluso cuando tú mismo no sabes bien cómo orar. Él inclina su oído hacia ti.

Por eso hoy, una vez más quiero invitarte a que puedas tomar este espacio sin prisa y sin distracciones. Permite que la presencia de Dios calme tu ser, respira profundamente y mientras exhalas imagina que tan solo por este momento sueltas las cargas que pesan en tus hombros. Imagina que estás en los brazos de tu Padre, ese lugar donde no tienes que fingir fuerza, ni saber qué hacer. Solo ser hijo/a, solo estar con Él.

Escucha esta oración de David:

“Inclina a mí tu oído y acude pronto a socorrerme. Sé tú mi roca de refugio, la fortaleza de mi salvación. Guíame, pues eres mi roca y mi fortaleza; dirígeme por amor a tu nombre.”

— Salmo 31:2-3

“Inclina a mí tu oído”… ¿Qué está pidiendo aquí David? Está diciendo, en otras palabras: “Dios, por un momento, concéntrate en mí, escúchame, hazme sentir que me ves.” Mi querido amigo, ¿has tenido este tipo de momentos con Dios?

Me hace pensar en algo que sucede a veces en mi hogar con mi hija. Hay momentos en los que la casa puede volverse un poco caótica y ruidosa (como seguramente ocurre en cualquier hogar con niños pequeños). Estoy conversando con mi esposa, mi hijo menor grita, hay ruido por todas partes. Pero de pronto, mi hija, que lleva un buen rato intentando decirme algo, ya no puede más y exclama: “Papá… escúchame.”

Y por ese instante, en la mayoría de los casos, mi atención se enfoca solo en ella. ¿Por qué?

¿Es que me está manipulando? ¿Tiene más autoridad que yo? ¿Soy un padre débil? No. La razón es mucho más sencilla y hermosa: es mi hija, y la amo profundamente.

Esa es la misma razón por la que tú puedes orar así a Dios. Porque por medio de Jesús, tú y yo tenemos una nueva identidad: somos hijos, y Dios es nuestro Abba Padre. Por eso puedes decir: “Padre, escúchame, inclina a mí tu oído”… y saber que Él lo hace.

Tómate un momento y reflexiona en esta verdad: El Creador del universo… te escucha.

Pero el salmista no solo pide atención… también clama por dirección. “Guíame… dirígeme…” Me conmueven las palabras que usa David en sus oraciones, cómo es que un poderoso rey y guerrero era capaz de oraciones tan vulnerables y emocionales. Él sabía que no importa cuánto liderazgo tengas, cuánta experiencia o poder… todos llegamos a ese punto donde nos sentimos perdidos.

¿Te ha pasado? ¿Has estado en ese lugar donde ya no sabes qué más hacer? Donde lo único que te queda es doblar las rodillas, mirar al cielo y decir: “Señor… ayúdame. Guíame. Dirígeme.”

Jesús dijo en Mateo 5 que bienaventurados son los pobres en espíritu, los que reconocen su necesidad de Dios, porque de ellos es el Reino. Es decir, los que se atreven a confesar: “No puedo solo”, son los que verán la gloria de Dios en acción.

Así que déjame preguntarte algo con cariño: ¿Cuándo fue la última vez que oraste así? ¿Cuándo fue la última vez que soltaste el control, te quitaste el orgullo y reconociste tu profunda necesidad del Padre?

¿Qué te parece si hoy haces una lista de las áreas donde necesitas refugio? Escríbelas con sinceridad, con vulnerabilidad, no te escondas de tu Padre. Luego haz esta oración: “Padre, inclina tu oído. Aquí están mis cargas. Escúchame. Guíame. Dirígeme.”

Toma ahora un tiempo con tu Padre celestial, sigue el ejemplo de David y abre tu corazón ante Él.

Hemos llegado al final de este día y quiero decirte felicidades por tomar este tiempo para abrir tu corazón a Dios. Estoy seguro de que Él ha inclinado su oído a ti y que ahora mismo ya está obrando en tu vida.

Mi oración por ti es que puedas ver y experimentar el amor del Padre hoy.

¡Hasta el próximo lunes!

Eleazar D.