21 Días para Habitar con el Padre — Día 1
Mi amigo/a, bienvenido/a, comenzamos este viaje de 21 días disfrutando de la presencia de Dios.
¡Qué bueno que estás aquí!
Qué bueno que tomaste la decisión de invertir este tiempo en la presencia de Dios.
No sé cómo te encuentras hoy, no sé con qué estás luchando, no sé cuáles son las alegrías de tu día a día, pero sé esto: cada paso hacia la presencia de Dios vale la pena.
Con esto en mente quiero invitarte a que puedas tomar este espacio sin prisa y sin distracciones. Permite que la presencia de Dios calme tu ser, respira profundamente y mientras exhalas imagina que, tan solo por este momento, sueltas las cargas que pesan en tus hombros.
Imagina que en este momento estás en un lugar seguro: la presencia de tu Padre celestial.
En nuestro mundo actual, se nos ha enseñado que no podemos ser vulnerables, que ser vulnerable es ser débil. Pero la realidad, mi amigo, es que necesitas espacios donde puedas ser vulnerable.
¿Por qué?
Porque, si no, las cargas en nuestros hombros se acumulan y nos encontramos luchando con ansiedad, con enojo, con preocupación. Estoy seguro de que, como yo, muchas veces quisieras simplemente un lugar para esconderte un rato, para recuperar fuerza y ánimo.
¿Sabes? El rey David nos entendería muy bien. Por eso mismo oró de la siguiente manera:
“Tú, que salvas con tu diestra a los que buscan escapar de sus adversarios, dame una muestra de tu gran amor. Protégeme como a la niña de tus ojos, escóndeme bajo la sombra de tus alas.”
— Salmo 17:7-8
Wow, qué hermosa y vulnerable oración. Me encanta ver a un hombre como David —hombre de guerra, de acción, alguien que tuvo que cargar con muchas cosas— y que al mismo tiempo puede hacer una oración tan sincera y tierna. David le pide a Dios: “dame una muestra de tu amor…”
¿Alguna vez has tenido este tipo de conversación con Dios? ¿Le has pedido que te muestre que está cerca, que te muestra su amor, que te muestre que camina contigo?
Yo sí. En muchas ocasiones, cuando necesitaba tener esta certeza.
David no está pidiendo que todo se arregle, ni que sus enemigos desaparezcan.
Está diciendo: “Escóndeme”.
Esta es una oración que nace del cansancio, del anhelo, de haberse limitado. Y, aun así, también es una oración de confianza.
Después dice: “Protégeme como a la niña de tus ojos…”
Puedes ver la ternura de la oración, la cercanía que David está pidiendo. Le está diciendo a Dios: “No necesito entender todo, pero sí necesito saber que estás aquí.”
¿Y sabes? Estoy seguro de que tú también necesitas saber que Dios está contigo. Y hoy quiero afirmar que verdaderamente Él está contigo.
¿Por qué no tomas un momento para pedirle a Dios que te muestre cómo ha estado contigo en los últimos días?
Es como mi hija de 4 años: cuando sucede algo que no le gusta o algo que le pone triste, suele correr a “esconderse” en una esquina de nuestra sala. Mayormente espera ahí hasta que mi esposa o yo vamos a preguntarle qué le pasa. Es como que necesita, como decía el salmista, que le mostremos que nos preocupamos por ella, que le mostremos que la amamos y que vamos a estar con ella cuando algo anda mal.
Y tú, ¿alguna vez has sentido que necesitas esconderte un rato? No para huir o para renunciar… sino solo un espacio seguro donde respirar, donde recuperarte, donde esperar que tu Padre celestial te encuentre.
A veces todo lo que necesitamos es un refugio.
Me gusta imaginar ese lugar como un lugar tranquilo, pacífico, seguro, cubierto por las alas de un Dios que no solo es Rey, sino también Padre. Uno que no pierde de vista a sus hijos, y que no abandona cuando hay ruido, dolor o incertidumbre.
Toma un momento para imaginarte en ese lugar…
Ahora quiero invitarte a algo más: mientras estás en ese lugar, imagina que tu Padre celestial se acerca a ti, con amor, con ternura, y te pregunta: ¿qué tienes, mi hijo/a?
Toma entonces unos minutos y háblale a Dios con honestidad, sin filtros. Trae a la mente todo lo que te pesa —preocupaciones, temores, frustraciones— todo lo que estás cargando en tus hombros. Cuéntale todo a Dios mientras estás en sus brazos, a la sombra de sus alas.
Ahora, mientras oras, visualiza ese momento en que decides extender las manos… y entregárselo todo. No tienes que tener todo resuelto. Solo tienes que entregárselo a Él.
Y mientras lo haces, respira. Recuerda que no estás solo. Dios te ve, Dios te cubre, Dios es tu refugio.
¿Qué tal? ¿Cómo te sientes? ¿Has aligerado la carga de tus hombros?
Para terminar este día, me gustaría invitarte a realizar esta pequeña oración conmigo:
Señor, hoy reconozco que no tengo todas las respuestas… pero te tengo a ti. Dios, protégeme como a la niña de tus ojos, escóndeme bajo la sombra de tus alas. Te entrego mis cargas y decido descansar en ti. Gracias por ser mi refugio. Amén.
Ahora no te apresures a salir de este momento. Tómate un tiempo para disfrutar la presencia de Dios.
Nos vemos el próximo lunes.